Rafael Curci
Libros de Godot
El teatro de títeres es un teatro no mimético, por la sencilla razón de que no busca la realidad ni pretende imitar la condición humana, sino más bien la evoca, la sugiere y hasta puede darse el gusto de mofarse de ella, del mismísimo hombre y su inconmesurable universo. Pese a su carencia del alma, carne y osamenta, al títere no le faltan pellejo ni atributos alegóricos para personificar a una caterva de dioses, héroes, fantasmas, santos y demonios quienes, muchas veces, no guardan con lo humano más que una lejana similitud, siempre reconocible dentro del vasto y complejo sistema de gestos simbólicos que es capaz de proyectar; una mano que se eleva sobre la frente de cartón mientras el cuerpo de tela se contrae, una rápida caminata y el tono de una voz que busca en el falsete un timbre propio, apenas humano.
Se trata de un teatro de ilusiones y artificios; su lenguaje dramático, nutrido y apremiado por una síntesis ascética lo condiciona, lo somete y, paradójicamente, lo libera de todo intelectualismo pacato. Tal vez ahí resida la clave de su lenguaje: un pobre objeto, "un trozo de cartón y tela asume toda la humanidad que, lamentablemente a veces, el hombre no se anima a rescatar para sí mismo", decía con acierto Ariel Bufano. Para decirlo en pocas palabras, el teatro de títeres es, en primer término, una forma dramática que se desarrolla en un tiempo y en un espacio determinado, habitado por seres apócrifos, quienes simbolizan personajes y sucesos tanto del mundo real como del imaginario. El impulsor de esta impronta artística es el titiritero, quien los manipula con miras a sus muchos "receptores", testigos a su vez de un proceso de creación.